La canícula
Ola de calor y letras
“El sol, a cuyo alrededor giran tantos planetas, no se olvida de madurar un racimo de uvas".
— Galileo Galilei
Aún falta un mes para la llegada del verano y el calor ya se ha instalado entre nosotros. Desde un cielo sin nubes el sol sofoca las ciudades que rondan los trópicos y deja una estela bochornosa levantándose del pavimento hasta bien entrada la noche. Definitiva y absoluta, la estrella más cercana a la Tierra fue, para las más remotas civilizaciones, un dios. Helios en la mitología griega, Ra en la egipcia, Sunna en la nórdica, Sol Invictus en el panteón romano, Tonathiú para los mexicas. Al cobijo de la ciencia, los humanos modernos sabemos que no es precisamente su culpa el hecho de que la Tierra se esté calentando a velocidades nunca antes vistas. El último informe la ONU sobre el Estado Global del Clima advierte lo siguiente:
La ciencia es más tozuda que quienes la niegan: El exceso de calor se acumula en los océanos y equivale a 18 veces el consumo energético anual de la humanidad. El ciclo se retroalimenta y los océanos se calientan al doble de velocidad que hace dos décadas, mientras hemos vivido los 11 años más calurosos desde que hay registros.

La literatura ha llevado también un registro, al mismo tiempo personal y universal de las consecuencias para la vida humana del calor. Hoy hablaremos de olas de calor en la literatura. Quédese, abra dos ventanas opuestas para que corra el viento. Fue el escritor polaco Stanislaw Lec quien nos dejó esta frase: "Siempre habrá esquimales que confeccionen para los habitantes del Congo reglas de comportamiento en las épocas de grandes calores."
Una crónica personal de Rafael Pérez Gay

Llevo varias noches luchando a brazo partido contra el calor. He dormido casi a la intemperie. Ventanas abiertas al mundo, un enfriador, sábana delgadísima, paños menores. Gran figura la del paño menor.
Me negué a oír una disertación televisiva sobre el cambio climático. Se sabe, hemos fastidiado este cascarón que llamamos mundo. Me senté en un sillón fresco. Así le digo yo: sillón fresco. No me pregunten por qué, pero tiene fama de fresco. Mi oficina es un horno.
Pregunto para mis adentros: ¿y si lechereamos la azotea? En realidad, mi padre usaba el verbo lecherear. Consiste en sobreponer al piso de la azotea, con brocha o rodillo, una capa de cal y agua, o blanco de España, o lo que sea, que sea blanco.
Un año de lluvias pacatas la canícula subió los termómetros a cifras increíbles y mi padre tuvo la idea genial de lecherear la casa de Cuernavaca donde vivía con mi madre y se asaban en el mes de junio. Se me ocurrió preguntarle entonces:
—¿Sirve de algo contra el calor?
—¿Sirve? Elimina el calor hasta en un 80%. Duermes tranquilo, sin sudoraciones y pesadillas de incendio.
Gran vendedor, mi padre. Quiero lecherear el techo de mi oficina, un espacio amplio en lo alto de una casa de la colonia Condesa donde me quiero matar por el calor.
Amanecí molido, como si hubiera trabajado en una mina. El desánimo dirigió las pequeñas causas de mi vida. Junta de negocios. Así les llamo yo a las reuniones de trabajo: juntas de negocios. Mientras alguien hablaba muy en serio de cosas que no eran serias, yo pensaba en lecherear el techo de la oficina. Saqué un pañuelo azul del bolsillo posterior de mi pantalón y me limpié el sudor de la frente. La historia de mis pañuelos no la voy a contar aquí, pero merece unas líneas aparte. Di dos cabezazos de sueño en la junta de negocios. Nadie lo notó. Salí zumbando. Pensaba en el sillón fresco y en un vodka, desde luego con molto hiacho (traducción simultánea del italiano: mucho hielo). No dejaré el single malt, pero durante los calores empezaré con un vodka.
Sudo. Albert Camus dijo en El Mito de Sísifo que sólo había un problema filosófico serio: el suicidio. Yo digo que hay dos: el vodka y la lechereada. Me devano los sesos, no sé qué hacer. Quiero tomar el fresco, pero no hay fresco.
El calor de Mersault

Argelia es uno de los países más calurosos del mundo. Tres cuartas partes de su territorio están ocupadas por el Sahara, ese temible y amplísimo desierto del que se cuentan tantas historias. En 2018, en una de sus regiones se alcanzaron los 51 grados Celsius, una de las temperaturas más calientes jamás registradas en la Tierra.
En Argelia sucede El extranjero, la mítica novela del premio Nobel de literatura Albert Camus. El calor de Argelia es central en la obra del escritor. El sol de argelino aplasta el cuerpo y nubla la consciencia del protagonista de la novela: Mersault. Cuando camina en el entierro de su madre, el sudor le escurre sobre los ojos y le impide ver lo que sucede. El calor atrofia su juicio.
En el punto de quiebre de la novela, es el calor es lo que lleva a Mersault a matar a un hombre. Camus lo describe así:
El ardor del sol me llegaba hasta las mejillas y sentí las gotas de sudor amontonárseme en las cejas. Era el mismo sol del día en que había enterrado a mamá y, como entonces, sobre todo me dolían la frente y todas las venas juntas bajo la piel. Impelido por este ardor que no podía soportar más, hice un movimiento hacia adelante. Sabía que era estúpido, que no iba a librarme del sol desplazándome un paso. Pero di un paso, un solo paso hacia adelante. Y esta vez, sin levantarse, el árabe sacó el cuchillo y me lo mostró bajo el sol. La luz se inyectó en el acero y era como una larga hoja centelleante que me alcanzara en la frente. En el mismo instante el sudor amontonado en las cejas corrió de golpe sobre mis párpados y los recubrió con un velo tibio y espeso. Tenía los ojos ciegos detrás de esta cortina de lágrimas y de sal. No sentía más que los címbalos del sol sobre la frente e, indiscutiblemente, la refulgente lámina surgida del cuchillo, siempre delante de mí. La espada ardiente me roía las cejas y me penetraba en los ojos doloridos. Entonces todo comenzó



