La Otra Aventura

La Otra Aventura

México 86

El tiempo es el mejor antologista

Avatar de Ediciones Cal y arena
Ediciones Cal y arena
jun 21, 2026
∙ De pago

“El tiempo es el mejor antologista, o el único, tal vez”.

— Jorge Luis Borges

Se cumplen cuarenta años del Mundial de México 1986. Y, como parte de este ciclo mundialista, en La Otra Aventura hemos preparado un programa que devele algunas de las claves de ese episodio nacional. Cada cuatro años, la memoria está siempre a las órdenes del futbol. Puede que incluso los detractores de este deporte recuerden dónde estaban o qué hacían hace cuatro, ocho, doce años, cuando buena parte del mundo enfocaba sus energías en mirar futbol.

México 86, logotipo oficial de la Copa Mundial de la FIFA.

De aquel Mundial quedan varios recuerdos indelebles. En Monterrey se inventó “la ola”, el movimiento coordinado y masivo del público que indica que la falta de emoción en el campo de juego tiene que ser compensada con el espectáculo en las tribunas. El equipo mexicano nos dejó una joya de futbol: en el partido contra Bulgaria, Manuel Negrete malabareó el balón en los linderos del área, pasó el balón a Rafael Amador, quien lo regresó a Negrete sin que la bola tocara el césped para que éste lo embocara en la esquina de la portería sirviéndose de una espectacular pirueta, una maniobra conocida en la jerga futbolística como una tijera.

Pero fue el ídolo argentino Diego Armando Maradona quien dejó el césped del Estadio Azteca marcado con su paso de fuego. Un gol con la mano y otro imposible, eludiendo a los rivales ingleses en la semifinal son las viñetas definitivas de aquel verano. Eduardo Galeano lo retrató con precisión:

Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable. […] Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio.

Hoy iremos cuarenta años atrás, a México 1986. El entrenador de futbol inglés William Shankly ya lo dijo: “Mucha gente piensa que el fútbol es un juego a vida o muerte, pero es mucho más importante que eso.”.

“El equipo tricolor tiene mucho corazón…”

Compartir

Algunos mundiales para Rafael Pérez Gay

Durante el Mundial de México 86, un grupo de seguidores festeja en la Ciudad de México con banderas, espuma y la euforia callejera de un país convertido en sede del futbol mundial.

Hace unos días, cuando esperaba el primer juego de la Copa Mundial de la FIFA 2026, recordaba que, en algún sentido, mi vida podría contarse a través de la historia de los torneos que he visto. Traigo aquí algunas de las ráfagas que llegan hasta mí desde aquellos tiempos perdidos.

1966, Inglaterra. La directora de la primaria pública en la cual estudié nos ha permitido salir una hora antes de la escuela. Cargo en la mochila con libros de texto y cuadernos, en el camino a casa y rompo una vez más la regla T que aún hoy ignoro para qué servía. México contra Francia. Borja anota un gol en la televisión Admiral blanco y negro. Mi padre se encuentra hospitalizado, entre la vida y la muerte, aquel empate no compensa mi pena. Tenía 9 años.

México, 1970. Casi he llenado el mapa Bimbo de jugadores y equipos. Vivimos en la calle Cadereyta, en la colonia Condesa. Mi padre promete ver conmigo los juegos de México, pero incumple su promesa. Veo los juegos solo frente a la televisión que mi hermano ha comprado para la casa en uno de sus viajes a México. La selección pasa a la siguiente ronda y juega contra Italia en Toluca. A pase de Fragoso, la Calaca José Luis González anota el primer gol. Me vuelvo loco. México pierde 4 a 1 y queda eliminado. Quedo loco y triste. Mi madre me acompaña, pero no entiende lo que es el fuera de lugar. Había cumplido 12 años.

Alemania, 1974. No veo los juegos. Me dedico a hacer la revolución, el futbol mediatiza las conciencias. Cumplía 16 años y no vi ese Mundial. Idiota. Leo el Manifiesto Comunista, pero también a García Márquez, enloquezco. Nunca más me aparto de los libros.

Argentina, 1978. La peor actuación de México en un Mundial. Tres juegos perdidos, último lugar de la copa. Me juro que no veré nunca más a la selección, tengo una novia y vamos cada semana al hotel Astoria. Soy feliz. Se corona Argentina bajo el régimen del asesino Rafael Videla.

España, 1982. Rompo mi juramento y pido permiso en la editorial Nueva Imagen, donde hago mis primeras armas editoriales para llevar una pequeña televisión y ver algunos juegos en la oficina. Brasil me cautiva, en especial Falcao, Sócrates y Zico. Recuerdo que me siento feliz: tengo trabajo, gano dinero, una novia, escribo mis primeras reseñas en el suplemento La Cultura en México. No es poca cosa. El juego contra Italia aún lo recuerdo. Brasil perdió 3 a 2, una epopeya. He cumplido entonces 25 años. Leo como nunca volví a leer en la vida.

México, 1986. Un año después del terremoto de 85. El presidente De la Madrid se lleva una gran rechifla en la ceremonia de inauguración. México pasa a los cuartos de final. Juega en Monterrey contra Alemania. La revista Nexos, donde trabajo como editor, cierra sus puertas. He iniciado el duro aprendizaje de la vida doméstica en pareja. Aquel juego termina con un empate. 120 minutos sin goles. Íbamos a los penales. Alemania anotó cuatro disparos, México solamente uno. Adiós. Bora Milutinović retiraba a sus jóvenes jugadores y yo leía Los Miserables. 29 años.

El gol es la alegría del mundial 86…

La presidencia imperial

Miguel de la Madrid en la inauguración de México 86. El presidente mexicano aparece en el palco durante la ceremonia de apertura del Mundial, cuando fue abucheado por gran parte del público en el Estadio Azteca.

Enrique Krauze retrató el sistema de concentración de poder, conocido en México como presidencialismo en su trilogía Biografía del poder. En el tercer y último tomo, La presidencia imperial, describe así el ambiente político que se vivía en el México de mediados de los ochenta:

En 1983, la opinión pública de México abrigaba un agravio insatisfecho. Su origen estaba en las heridas abiertas de Tlatelolco y el 10 de junio, la demagogia del período echeverrista y la frívola irresponsabilidad con que el gobierno de López Portillo había dispuesto de la enorme riqueza que pasó por sus manos entre 1977 y1982. Se había esfumado una oportunidad rara y quizá irrepetible de desarrollo armónico. Con ella se había desvanecido también la posibilidad de aliviar los problemas ancestrales del país dese tiempos de Humboldt. La conciencia perdida era más aguda porque el público entreveía que la caída no había sido inevitable. La sensación de haber sido víctima de un engaño, las evidencias de la más alucinante corrupción, el sacrificio cotidiano e incierto que imponía la crisis, todo ello se enlazaba hasta formar un nudo difícil de desatar, un nudo hecho de angustia e incomprensión.

Desde un principio —continúa Krauze—, el nuevo presidente Miguel de la Madrid prometió no prometer lo imposible. Fue muy claro en su diagnóstico del mal que debía vencerse —la inflación— y en advertir que la medicina que suministraría al paciente —en la sala de urgencias— sería durísima. A su juicio, y al de muchos otros mexicanos, no había alternativa. Pero la penitencia de la curva o el valor del cirujano no podían satisfacer por sí solos el agravio. Hasta el campesino más humilde había escuchado la prepotente publicidad del «oro negro para todos» seguida, al poco tiempo, de un mensaje diametralmente opuesto: «Vivimos en una economía de guerra». Y todo esto sin que mediase explicación pública alguna sobre las causas del desastre o una mínima admisión de responsabilidades.

Dicho de otro modo, a mediados de los años ochenta prevalecía la cultura del miedo, escribió el cronista mexicano José Joaquín Blanco. Esta cultura del miedo se alimentó de la caída de los precios del petróleo que azotó la economía desde los primeros meses de aquella década, y de los “graves desajustes políticos, económicos y sociales que de ella derivaron”.

Los inicios de la década de 1980 fueron convulsos en México. El día 4 de agosto de 1982 el periódico británico The Guardian anunciaba que la deuda pública mexicana era entonces la deuda más grande del mundo. Un par de días después, el gobierno de José López Portillo recurrió a la segunda devaluación del peso en seis meses, que pasaba así de un valor de 27 por dólar en febrero a 80 por dólar en agosto.

En la década de los ochenta —cuenta José Joaquín Blanco– privó el miedo al desempleo, al aumento de los precios de la renta, a que de veras te madreen si te pones tan bravito, a quedarte solo con tus rebeldías pasadas de moda, a la violencia urbana, a los temblores, a la ecología, al visceral encono de la derecha.

México 86, sello postal de la Unión Soviética (1986). La estampilla conmemora la Copa Mundial de Futbol celebrada en México, con el logotipo del torneo, el trofeo de la FIFA y la inscripción en ruso “Campeonato Mundial de Futbol”.

Estas líneas son parte de una crónica titulada “¿Nos fuimos con los setentas?”, y forman parte del compendio titulado Un chavo bien helado. Allí, José Joaquín Blanco dio cuenta del acontecer cultural y político durante aquella década. En estas páginas el cronista nos dice:

Nadie es más culto que su sociedad, ni más libre, ni más feliz, aunque le toque en suerte una posición social más desahogada. Queríamos un México que ya no fuera el rancho de miseria y autoritarismo en el que cada década algún héroe o mártir logra, pesa a todo, una obra maestra; sino una cultura uniforme y moderna que discutiera los problemas, los fracasos y las aspiraciones de la sociedad entera… Decía Bernard Shaw que si se quería que “la cultura llegará al pueblo” haba que empezar por pagar a los trabajadores salarios justos, civilizar las condiciones de vida y de trabajo, impulsar la vivienda, el agua potable, el drenaje, la producción de mercancías útiles y baratas y luego, si el pueblo quería escuchar o no Mozart, ya era decisión suya…

A pesar del poco interés de José Joaquín Blanco por el futbol, la Copa del Mundo de 1986 no pasó desapercibida por las páginas de Un chavo bien helado. En una crónica titulada, “Campeonato mundial de cascarita”, Joaquín Blanco dejó evidencia de su menosprecio hacia la fiesta futbolera. Dice así:

Como la vida es aburrida, y los días largos y además no importan, y nada emocionante se ofrece al hombre sobre la tierra, el ensañamiento de veintidós fornidos jugadores contra una pelota llena de aire, inerme y pequeña, adquiere fulgores mundiales. El futbol es tan ridículo y absurdo como la poesía, el cine, el teatro, la filosofía y aún la religión. “Mientras más me esmero por comprender el significado de la vida, decía Goethe en sus últimos años, no encuentro otro que vivirla…”. Nada es profundo ni significativo en estas actividades humanas sino el placer, las ilusiones y las supersticiones momentáneas que las personas depositan en ellas… Cuando aparezca este artículo ya habremos acabado, por fortuna, con el eterno mundial de futbol y habremos vuelto a las depresiones y a la hipertensión de la crisis.

Consigue nuestro libro aquí

Estadio rigurosamente vigilado

Estadio Azteca durante México 86. Aficionados se reúnen afuera del estadio antes de un partido del Mundial, con las banderas de las selecciones participantes desplegadas en la fachada.

En las últimas semanas la Ciudad de México ha estado paralizada por los plantones de la CNTE y cientos de protestas más contra el Mundial. La visión que quienes han podido visitar el Estadio Azteca es muy particular. Un estadio rodeado de vallas, policías y vehículos de protección. Una visión muy similar a la que describe Antonio Marimón en su crónica titulada “En el Azteca, todos éramos sospechosos”, reunida en Último tango en Buenos Aires, Diego. En esta crónica Marimón describe el operativo policial afuera de Azteca durante el Mundial de 1986. Hemos traído su gran inicio a esta sección:

Estadio rigurosamente vigilado. Una barrera, dos barreras, tres barreras, ¿cuántos puestos de vigilancia atravesó ayer el cronista en la temprana mañana del Azteca? El primer cacheo fue superficial, el segundo mucho más detenido antes de la barda de rejas negras; luego se pasaba por una puerta giratoria dentada y debajo de un detector de metales, como los de un aeropuerto. Cada bolso entraba a un artefacto parecido a un horno eléctrico y posteriormente era devuelto a su dueño; no se había encontrado nada peligroso, se podía seguir. Algunas mujeres, revisadas por mujeres policías, se reían con nerviosismo en la cola. La cuarta barrera entre las rejas y el muro gris del estadio, estaba integrada por guaruras. Mas eso no era todo: de vez en cuando, ni bien el cronista se paraba para apuntar un dato en su libreta, al levantar la vista notaba un rostro encima suyo, escrutando. Rostro de guardia presidencial, de soldado, de agente común.

Todos éramos sospechosos.

Como pequeño test, el cronista se acercó de nuevo al enrejado por el lado interior. Un soldado hizo un gesto negativo con la cabeza y otro se arrimó amenazante.

—No puede permanecer aquí.

—Estoy haciendo mi trabajo ¿no?

—Sí, pero entiéndame. No puede estar en este lugar.

Eso era ayer en el Azteca, un pasadizo de prohibiciones hasta llegar cada quien a su asiento.

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Ediciones Cal y arena.

O compra una suscripción de pago.
© 2026 Rafael Pérez Gay · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura